Una experiencia que jamás vamos a olvidar

    Una experiencia que jamás vamos a olvidar

    Los hermanos Cármen y Eberto Sánchez del barrio La Prensa de la estaca Comodoro Rivadavia Argentina, comenzaron su misión en el Templo de Buenos Aires el 16 de enero de 2015. La decisión de dejar todo nunca es fácil, pero cuando el obispo los entrevistó y les propuso servir al Señor en el templo, lo pensaron y analizaron durante un tiempo, pusieron en orden algunos asuntos materiales y aceptaron.


    “Servir en la Casa del Señor es una experiencia que jamás vamos a olvidar. Es lo más maravilloso que jamás hemos vivido”—dice el élder Sánchez. Su esposa agrega: “El Señor bendijo grandemente nuestras vidas y dedicar este tiempo para servirle es una manera de devolverle una pequeña parte de todo lo que nos dio. Hoy, cuando estamos por terminar nuestra misión,  no tenemos dudas de que fue una de las decisiones más acertadas de nuestra vida”.

    El élder Sánchez tiene 82 años y su disposición para enfrentar las responsabilidades  de cada día en el templo es asombrosa.
    “Al entrar en el templo nos olvidamos del mundo pues se siente el amor de nuestro Padre Celestial y de Su Hijo. Durante estos meses de servicio en el templo, he podido sentir como he sido ayudado por Él a mejorar cada día. He cambiado en muchas cosas mi manera de pensar y, junto con mi esposa, nos sentimos mucho más cerca de Jesucristo. Nunca dudé de la importancia del templo, pero hoy más que nunca sé que es la Casa del Señor en donde recibimos protección, paz, guía y revelación de los cielos. Jesucristo es nuestro Salvador, dio su vida por nosotros; vive y se preocupa por nosotros.”

    La hermana Sánchez, al recordar algunas experiencias, expresó: “El Señor nos abrió Su Casa y nos dejó caminar y trabajar en ella, con todo Su amor. Nos dio la oportunidad de servir a otras personas, ayudándoles a realizar ordenanzas personales y en favor de sus antepasados. Como matrimonio nos sentimos muy edificados y agradecidos por todo lo que hemos vivido. Él hizo un gran cambio en nuestras vidas.”

    El 31 de marzo finalizan su tiempo de misión. Disfrutan de  pensar en el reencuentro con sus familiares, pero también saben que van a extrañar el despertarse y ver el templo, pasear por sus jardines cada día y servir en lo que el Señor necesite.