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La actitud humilde, un don que se adquiere

La actitud humilde, un don que se adquiere
No necesitamos abrir nuestra boca para expresar nuestra actitud frente a las exigencias de la vida. En ocasiones nuestro lenguaje corporal es más explícito que nuestro hablar.

Luego de reprender a su hijo de cuatro años, la madre le ordenó: “¡Ve ahora mismo a esa silla y siéntate!”. El niño fue, se sentó y dijo: “Mamá, por fuera estoy sentado, pero por dentro estoy brincando”. Estaremos de acuerdo en que el niño actuaba conforme al conocimiento y deseos del presente, no entendiendo los beneficios de la disciplina.

El presidente Boyd K. Packer enseñó: “Si la verdadera doctrina se entiende, ello cambia la actitud y el comportamiento” 1 .

La actitud de Nefi, enseñada en uno de esos versículos emblema de obediencia y fe, nos indica el fundamento de su obediencia sin reparo y la determinación de no regresar sin los anales: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan con lo que les ha mandado” 2 .

En el lenguaje moderno he escuchado de nuestros líderes: “A quien el Señor llama, el Señor prepara y capacita”3.
Simón Pedro se resistió a permitir que Jesús lavara sus pies, considerando que eso era contrario a lo razonable, preguntando: 
“Señor ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora; pero lo entenderás después.
Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Le respondió Jesús: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza” 4 .

Después de la advertencia, es muy probable que la reacción inmediata no fuera porque entendió la ordenanza, sino más bien por una actitud adquirida previamente. Gracias a su actitud reverente, siempre estuvo sobre él la mano protectora del Señor. Su disposición a ser enseñado, fruto de ofrendar su voluntad,  lo calificó para recibir el testimonio del Espíritu Santo, de que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios Viviente.

Como padre espero que mis hijos tengan un intelecto elevado y actitudes semejantes a los verdaderos discípulos de Cristo. Ahora, si me dieran a escoger entre lo uno y lo otro, sin duda escogería una actitud semejante a la de este gran apóstol.

El profeta José Smith, con una maestría inspirada, describió a los miembros de la Iglesia como un pueblo de carácter y actitud semejantes a los de Cristo:
“Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas” 5 .

Tengo la firme convicción que si hay algo de valor que nos llevaremos a la vida eterna será la formación de nuestro carácter y nuestra actitud, lo cual nos ayudará a continuar esta senda de crecer de gracia en gracia. Como dice el hermoso himno 192 ¿Por qué somos?: “¿Hacia dónde van los hombres y de dónde provendrán? ¿Quién los puso en el mundo y aquí por qué están?... Aunque no se perfeccionen, se espera progresión, para quien progrese poco, será poco el galardón. Para el que no progrese hay mayor condenación”.

El progreso que logremos en esta vida está relacionado con el don del arrepentimiento, que es descrito como un cambio que se efectúa en el corazón y en el modo de pensar. Esto significa tener una nueva actitud en cuanto a Dios, a nosotros mismos, a nuestra relación con nuestros semejantes, y en cuanto a todo lo que nos corresponda experimentar en esta vida.

En algunas oportunidades nuestra mala actitud viene por nuestra intolerancia al juzgar severamente a quienes pecan. Parece que en esas ocasiones deberíamos recordar la invitación de “… sólo deja que te preocupen tus pecados, con esa zozobra que te conducirá al arrepentimiento” 6

Un ejemplo se puede ver en la parábola del hijo pródigo: 
“Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” 7 .
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Cuando el hermano se enteró de la razón de la música, danzas y de la abundante comida, reaccionó con una actitud de desaprobación absoluta, por no entender la doctrina del amor, del arrepentimiento y de la misericordia.

Hagamos el mejor esfuerzo para entender la doctrina y así vivir en constante actitud de humildad y nunca pensar que el discipulado se gana solo por el hecho de haber entrado en esta estrecha y angosta senda. La actitud humilde no es un pago único, es una constante en el discipulado.



Notas:
(1) Boyd K. Packer, Liahona enero de 1987, pág. 17
(2) 1 Nefi 3:7
(3) Thomas S. Monson, Liahona julio de 1996, pág. 46
(4) Juan 13:6-9
(5) Artículo de Fe número 13
(6) Alma 42:29
(7) Lucas 15:20-21

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