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Estar juntos el día de reposo

Estar juntos el día de reposo

Cuando despedí a mi hijo mayor, al partir para su misión de tiempo completo, tuve la misma sensación que sentí el día que ingresó por primera vez al Jardín de Infantes. Una mezcla de alegría por ver cuánto había crecido, pero también un nudo en el alma porque ahora yo quedaba alejada de su círculo de influencia. No lo tenía cerca para ver su rostro y comprender qué le pasaba, o para percibir con sus actitudes por dónde iban sus pensamientos.

Supuse que con la partida de mi segundo hijo a la misión, eso no sucedería. Sin embargo, ni bien dejé el aeropuerto, reviví su primer día de clases. Confusa y un poco preocupada por mis sentimientos, concentré mis pensamientos en verificar que no hubiera olvidado nada en casa y en ver de qué manera podría hacerle llegar la primera encomienda.

El primer domingo con nuestro misionero lejos, vinieron a mi memoria los días en que iba a la capilla con mis hijos pequeños.  Con uno en el carrito de bebé y otro caminando, tardaba casi una hora en recorrer 15 cuadras mientras les relataba alguna historia de sus héroes de las escrituras. También recordé los últimos años, en que ellos salían antes de casa para ir a buscar a un amigo y llevarlo a la capilla. Y así, de pronto, comprendí que sin importar donde estuviesen, cada día de reposo estarían congregados con otros santos, recordando al Salvador.

Ir cada domingo a la iglesia, es la mejor manera de ponerme en sintonía con el Espíritu para que me guíe en mis actos de madre, a fin de que pueda ser una buena influencia en la vida de mis hijos. Es la única oportunidad en la semana, que tengo para renovar mi promesa de recordar siempre a Jesucristo y actuar en consecuencia. De fortalecer mi fe, al estudiar el evangelio entre amigos.

Con estas experiencias personales descubrí algo nuevo. Cada semana es una nueva oportunidad de ver a las personas con una mirada diferente. La mirada de la madre de un misionero, que ve el potencial de quienes desean regresar con el Salvador. Porque “se mandó a los hijos de Dios que se congregaran frecuentemente, y se unieran en ayuno y ferviente oración por el bien de las almas que no conocían a Dios” (Alma 6:6). Entonces, en el día de reposo también puedo sentirme cerca de mi familia, al pensar que juntos recordamos Su divino plan.