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Nuestra motivación para vivir el Evangelio

Siempre habrá “duras palabras”. Pero siempre habrá la opción de escoger la fe en lugar de la duda o incertidumbre.

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El sendero del discipulado está lleno de bendiciones — ambas, las “visibles e invisibles”.1 Pero hay momentos cuando ese sendero, a pesar de sus bendiciones, no es fácil o conveniente. Llegar a ser un discípulo de Jesucristo requiere trabajo y sacrificio y a veces es difícil encontrar la motivación para vivir los mandamientos y hacer esos sacrificios.

Como joven adulto, probablemente estás ocupado priorizando nuevas responsabilidades, tomando decisiones de gran impacto en tu vida y determinando cómo será tu sendero de discipulado por el resto de tu vida. Encima de todo eso, es posible que haya cosas en las normas o en la historia de la Iglesia o en la doctrina del Evangelio que no comprendes y tentaciones difíciles, así como bendiciones que sigues esperando, y preguntas sobre el plan que Dios tiene para ti.

Algunos de nosotros tal vez nos preguntamos si vale la pena vivir el Evangelio para recibir las bendiciones prometidas. Podríamos decir que no somos aceptados, que es demasiado trabajo o que hay más preguntas que respuestas. Pero realmente depende de la motivación. ¿Por qué haces lo que haces y vives de la manera en que lo haces? ¿Por qué sigues guardando los mandamientos aun cuando no hay nadie que se da cuenta?

Sin importar quién eres y en qué etapa de la vida te encuentras, hallar tu motivación al cultivar tu fe en el Salvador y en Su evangelio es decisión tuya.

¿A quién iremos?

Hallar y mantener la motivación para vivir el Evangelio no es un desafío propio de nuestra época. Aun cuando el Salvador se encontraba en la tierra, la gente todavía tenía dificultad para entender y por tanto obedecer los principios que Él enseñaba. Varios de Sus discípulos escuchaban mientras Él explicaba un concepto que parecía ofenderles — Su papel como el “pan de vida” (véase Juan 6:35–58). Ellos respondieron de manera escéptica, diciendo: “Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?” (Juan 6:60).

Cristo, al ver que tenían dificultad para creer o aceptar esta doctrina, les preguntó: “¿Esto os escandaliza?” (Juan 6:61). En vez de poner su fe por encima de sus dudas, muchos de Sus discípulos “volvieron atrás y ya no andaban con él” (Juan 6:66).

Pero cuando Cristo preguntó al resto de Sus discípulos si ellos también “querían irse”, Pedro dio la única respuesta válida de verdad: “¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:67–68).

La fuente de nuestra motivación

Pedro conocía la fuente de su motivación. Al final, esa es la razón principal de por qué hacemos lo que hacemos en el Evangelio: nuestro testimonio de Jesucristo y nuestra fe en Él. “Nosotros hemos creído y sabemos”, Pedro declaró, “que [Él es] el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:69; cursiva agregada). Al obtener esa misma firme convicción de Jesucristo, Su divinidad y Su obra, nosotros también podemos encontrar la motivación para seguir viviendo el Evangelio — aun cuando nos parezca difícil, aun cuando nadie más lo vea y aun cuando no sabemos si queremos hacerlo.

Siempre habrá “duras palabras”. Pero siempre existirá la opción de escoger la fe en lugar de la duda o incertidumbre. El élder L. Whitney Clayton, de la Presidencia de los Setenta, dijo: “La decisión de creer es la elección más importante que haremos”2.

Entonces, ¿qué hacemos cuando nos encontramos en el otro lado de estas “duras palabras”?

1. Seguir el ejemplo de Pedro y los otros discípulos que permanecieron fieles aun cuando hubiera sido fácil “irse”. Escuchen el consejo de los profetas, apóstoles y otros líderes:

“En momentos de temor o duda, o en tiempos de dificultad, mantengan la fe que ya han cultivado… Aférrense al conocimiento que ya tienen y manténganse firmes hasta que reciban más conocimiento3.

“Dar un paso sencillo adelante con fe — y luego otro… Céntrate en las verdades en las que [crees] y [deja] que te llenen la mente y el corazón…

“… Empezar con las verdades básicas del Evangelio”4.

2. Leer las Escrituras frecuentemente y seguir sus enseñanzas:

“Cada día estudiemos y meditemos en el Libro de Mormón con espíritu de oración”5.

“El que quiera hacer la voluntad de él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo” (Juan 7:17).

“… pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22).

3. Seguir guardando los mandamientos.

Las “respuestas a nuestras preguntas sinceras llegan cuando las buscamos francamente y cuando vivimos los mandamientos. … Nuestra fe puede traspasar los límites de la razón”6.

“A medida que sigan siendo obedientes, … se les dará el conocimiento y la comprensión que buscan”7.

Al final, nuestra motivación simplemente depende de lo que dijo Pedro. ¿Creemos que Jesús es el Cristo, que Él dirige Su Iglesia y que tiene las palabras de vida eterna? ¿Es nuestra fe en Él más fuerte que las “duras palabras” que tal vez no entendemos en el momento?

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Las recompensas de vivir el Evangelio

Cuando decidimos amar y seguir a Dios y a Jesucristo y guardar los mandamientos aun cuando no los entendemos plenamente, las recompensas son incalculables. El hombre natural pregunta: “¿Qué beneficio hay para mí?”. Las enseñanzas del Evangelio proporcionan la respuesta: “La paz en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero”, un lugar preparado para ti en las mansiones de Dios; todo lo que el Padre Celestial tiene; “interminable felicidad” (véanse D. y C. 59:23; Éter 12:34; D. y C. 84:38; Mosíah 2:41); y, como declaró el élder Dieter F. Uchtdorf, del Cuórum de los Doce Apóstoles: “Aquí [en la Iglesia] encontrarán lo que es valioso y no tiene precio… Aquí encontrarán las palabras de vida eterna, la promesa de la bendita redención, y el camino a la paz y a la felicidad”8, por mencionar algunas.

Cuando nos dedicamos a seguir a Cristo y a obedecer Sus mandamientos, se nos prometen todas estas cosas y más. No significa que el camino siempre será fácil o comprensible, pero las bendiciones que se nos prometen por mantenernos firmes continuarán manifestándose a lo largo de nuestra vida e incluso después.

Sin embargo, por increíbles que sean estas bendiciones, no deben ser nuestra motivación principal para vivir el Evangelio. No importa qué preguntas tengas, no importa qué doctrina no comprendas, tu fe en Jesucristo y Su expiación será la clave de tu motivación para vivir Su Evangelio, tal como fue para Pedro y otros.

“Nuestros motivos y pensamientos son los que, al final, repercuten en nuestras acciones”, dijo el élder Uchtdorf. “El testimonio de la veracidad del Evangelio restaurado de Jesucristo es la fuerza motivadora más poderosa de nuestra vida. Con frecuencia Jesús recalcó el poder de los buenos pensamientos y de los motivos adecuados: ‘Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis’ (D. y C. 6:36).

“El testimonio de Jesucristo y del Evangelio restaurado nos ayudará a conocer el plan específico que Dios tiene para nosotros y a actuar de acuerdo con ello; nos brinda la seguridad de la realidad, de la veracidad y de la bondad de Dios; de las enseñanzas y de la expiación de Jesucristo y del llamamiento divino de los profetas de los últimos días”9.

En cuanto a mí, voy a seguir intentándolo, aun cuando parezca difícil. Voy a seguir haciendo mis oraciones y estudiando las Escrituras. Voy a esforzarme cada día para fortalecer mi testimonio del Salvador. Voy a seguir intentando vivir como Él desea y depender de Sus palabras y Sus profetas y apóstoles vivientes para enseñarme cómo hacerlo, confiando en la motivación que no es solamente el resultado de mi fe y amor por Él, sino también de Su sacrificio eterno y amor por mí.


“El camino del Señor no es difícil. La vida es difícil, no el Evangelio… La vida es difícil para todos nosotros, pero también es sencilla. Tenemos dos opciones solamente: O podemos seguir al Señor y ser investidos con Su poder y tener paz, luz, fuerza, conocimiento, confianza, amor y gozo, o seguimos otro camino, cualquier otro, cualquiera que fuera y lo seguimos solos, sin Su apoyo, sin Su poder, sin guía, en oscuridad, tribulación, duda, angustia y desesperación. Entonces pregunto, ¿qué camino es más fácil?”.

Élder Lawrence E. Corbridge, de los Setenta, “El camino”, Liahona, noviembre de 2008, pág 36.