“Si no es hasta el fin, no sirve...”

Elder Jose A. BatallaEn una reciente noche de hogar, uno de nuestros hijos nos propuso que inventáramos una definición de “perseverancia” para luego compartirla. Una de mis hijas, haciendo una aplicación concreta en la vida familiar dijo: “Perseverar es seguir buscando algo antes de llamar a ‘ma’ para que lo encuentre ella”. Otro, en una frase muy cortita, pero que resume el valor de la perseverancia concluyó así: “Si no es hasta el fin, no sirve”.

Aunque esta definición parezca demasiado absoluta, repetidas veces en las Escrituras el Señor promete salvación bajo la condición de perseverar hasta el fin. Por un lado, ‘perseverar hasta el fin’ está asociado a firmeza en nuestras convicciones y continuidad en buenas acciones. Pero por otro, ‘perseverar hasta el fin’ también está ligado a un corazón blando y a la entrega de nuestra voluntad.

“Sí, venid a él y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y continuad ayunando y orando, y perseverad hasta el fin” (Omni 1:26). 

Moroni nos da un ejemplo de lo que es resolución y firmeza en lo que es justo, que se contrapone con la terquedad de los lamanitas por destruirlos. Luego de que Moroni les propone hacer un pacto de paz para evitar su derramamiento de sangre con la promesa de que no vuelvan a tomar las armas, el líder lamanita Zerahemna entrega sus armas pero no se compromete a no volver a la guerra. Entonces Moroni le devuelve la espada y las armas de guerra para continuar la batalla expresando la razón por la que actúa de esa manera: “Porque no puedo retractarme de las palabras que he hablado” (Alma 44:11). Esta firmeza en razones justas contrasta con la obstinación de los lamanitas, que se expresa unos versículos más abajo en los sentimientos de Moroni: “Y Moroni estaba irritado por la terquedad de los lamanitas” (Alma 44:17).    

¿Somos firmes y resueltos en los principios y acciones justas, o somos obstinados y tercos en caprichos o hábitos mundanos?      

Nuestra firmeza en lo que es justo podrá afianzarse más cuando acompañemos nuestras buenas decisiones, nuestros cambios positivos, con señales externas o actos simbólicos que dejen de lado la terquedad que nos ata al hombre natural. Como por ejemplo el que dio aquel pueblo feroz y sanguinario en el Libro de Mormón, a quienes los hijos de Mosíah les llevaron el evangelio, convirtiéndose luego en pacíficos y fieles. Seguramente, su firmeza y determinación se fortalecieron por la decisión de enterrar muy profundo sus armas de rebeldía para siempre.  

¿Hay algo en nuestra vida, material o intangible, que obstaculiza el camino a la perseverancia en aquello que es bueno?  Siempre será positivo y una señal de arrepentimiento sincero es alejarnos de ese obstáculo y simbólicamente enterrarlo tan profundo como podamos.

En los últimos tiempos hemos hablado mucho de los jóvenes, la generación creciente, promesa y fortaleza de la Iglesia en los años por venir. En el otro extremo de la vida tenemos a los queridos hermanos mayores de la Iglesia, que se encuentran en casi todo barrio y rama. Ellos son ejemplos vivientes de perseverancia. Una inspiración para todos nosotros por su firmeza en la fe, por su corazón blando moldeado por años de vivir el evangelio, y por su constancia en seguir al Salvador, renovada a lo largo de tantos domingos cuando en las oraciones sacramentales reafirmaron su determinación de que sea hasta el fin. Su presencia y su fidelidad nos muestran el camino. Para los más jóvenes que quieran aprender fortaleza de ellos, búsquenlos el próximo domingo en las reuniones, tomen la mano de una de estas dulces hermanas mayores en su barrio, reténganla unos minutos mientras hablan y mírenla a los ojos. Sentirán amor fluyendo hacia ustedes y un compromiso ya probado hacia el Salvador.  O busquen a un hermano mayor, uno que haya servido muchos años, escuchen sus historias y consejos, y seguramente también saldrán edificados por su ejemplo de perseverancia.

“Si no es hasta el fin no sirve”. Pero si perseveramos hasta el fin, servirá, y tendremos la vida eterna.