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Bajo la lluvia: una gran lección sobre día de reposo.

lluvia

Es domingo por la mañana y como muchos otros días de invierno, está lloviendo. El tranquilo y constante sonido de las gotas en la ventana, se convierte en una tentadora invitación a permanecer en la cama. Escucho a mi padre decir: ‘Niños levántense; tenemos que ir a la capilla’. Hago que no lo escucho y me quedo acostado un poco más, pero es solo una ilusión; sé que no podré engañarlo por mucho tiempo. Poco a poco mis cinco hermanos y yo, nos vamos aprontando con la ropa de domingo. Papá se ocupa de los más pequeños y mamá, del bebé. Ya es un hábito, tengo diez años y en casa siempre ha habido un bebé. Una vez más, escucho a papá por toda la casa: ‘¡Vamos que se hace tarde!’. Los paraguas nos agrupan de dos en dos y algunos incluso de a tres. Salimos a la calle, vemos el auto en el garaje y le decimos a papá, casi al unísono y en tono de reclamo: ‘Papá ¿por qué no vamos en auto si está lloviendo?’. Él responde: ‘Es el auto del trabajo y no lo usamos para cosas personales’. La lluvia y la súplica de cinco niños no son suficientes para hacerlo cambiar. Cruzamos algunos charcos, saltamos los que podemos y ponemos piedras para cruzar los más grandes; charcos que en ocasiones son la calle entera. Todos mis intentos no son suficientes para evitar que mis zapatos se mojen. Mi pantalón ya está mojado hasta la rodilla. Cuadra tras cuadra hasta que llegamos a la capilla; por fin un lugar seco donde refugiarnos. Siento el calor volver a mis pies al acercarlos a la estufa. Sin embargo, algo me dice que no es solo la estufa lo que me reconforta, sino saber que, como familia, estamos donde debemos estar un domingo por la mañana.

Han pasado casi treinta años de aquel entonces y no puedo pensar en una mejor manera en la que mis padres nos hubieran podido enseñar la importancia de asistir siempre a las reuniones dominicales. Cientos de lecciones en la noche de hogar no hubieran sido tan eficaces como aquellas caminatas a la capilla en días de lluvia.

Durante su ministerio en América, Jesucristo enseñó la importancia de asistir a las reuniones dominicales y de participar siempre de la Santa Cena. Él dijo: “Y siempre haréis esto por todos los que se arrepientan y se bauticen en mi nombre; y lo haréis en memoria de mi sangre, que he vertido por vosotros, para que testifiquéis al Padre que siempre os acordáis de mí. Y si os acordáis siempre de mí, tendréis mi Espíritu para que esté con vosotros”. A la promesa de que tendremos el Espíritu Santo con nosotros, también se agrega la bendición de que “…Y si hacéis siempre estas cosas, benditos sois, porque estáis edificados sobre mi roca”.

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